Recuerda quién eres
La verdad que muchos han olvidado
De dónde viene mi identidad
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”
Génesis 1:27 · RV60¿Qué es la identidad según la Biblia?
La identidad no comienza con nosotros, sino con Dios
Introducción
Hay preguntas que acompañan al ser humano durante toda su vida. Entre todas ellas existe una que, aunque no siempre se expresa con las mismas palabras, permanece en el corazón de toda persona: ¿quién soy realmente?
La respuesta que demos a esa pregunta influirá en la manera en que enfrentamos el éxito y el fracaso, interpretamos nuestras heridas, tomamos decisiones y nos relacionamos con Dios y con los demás. Cuando una persona no comprende quién es, difícilmente sabrá hacia dónde dirigir su vida.
Vivimos en una época donde abundan las voces que intentan definir nuestra identidad. Algunos creen que depende de nuestros logros, otros de nuestros sentimientos, de nuestras decisiones, de nuestra historia o de la opinión de quienes nos rodean. Así, muchas personas terminan creyendo que son sus éxitos, sus fracasos, sus heridas o las palabras que otros pronunciaron sobre ellas.
Aunque todas esas experiencias influyen en nuestra vida, ninguna tiene la autoridad para definir quiénes somos.
La Biblia reconoce la realidad del dolor, el pecado y el sufrimiento, pero responde la pregunta sobre la identidad de una manera completamente diferente. Mientras el mundo comienza preguntando: «¿Quién crees que eres?», las Escrituras responden primero otra pregunta: «¿Quién es Dios?»
Este orden no es casual. Las primeras palabras de la Biblia no hablan del ser humano, sino del Creador:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1 · RV60
Antes de presentarnos al hombre, Dios nos revela quién es Él. Porque solo el Creador puede explicar el propósito de Su creación.
Por esa razón, este estudio no comenzará analizando nuestras emociones, nuestros sueños o nuestras experiencias. Comenzará exactamente donde comienza la Biblia: con Dios.
A medida que avancemos descubriremos que la identidad no es algo que el ser humano inventa o redefine según las circunstancias. La identidad encuentra su fundamento en el diseño perfecto de Dios. Comprender esta verdad transforma la manera en que entendemos nuestra vida, porque nuestro valor no nace de nuestros logros ni de nuestros fracasos, sino de Aquel que nos creó con propósito.
Nuestra historia no comenzó con nuestros errores. Comenzó con Dios.
Y ese es el fundamento más firme sobre el cual podemos construir nuestra identidad.
Nuestra identidad comienza con Dios
Cuando abrimos el libro de Génesis encontramos algo que, a primera vista, puede parecer un simple relato del origen del universo. Sin embargo, cuanto más detenidamente observamos el texto, más comprendemos que Dios no solo está respondiendo cómo comenzó la creación, sino también cómo debe comprenderse el lugar del ser humano dentro de ella.
Todo comienza con una afirmación sencilla, pero profundamente trascendental.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1 · RV60
Este versículo establece el fundamento sobre el cual descansará todo lo que la Biblia enseñará acerca de Dios, del ser humano y de la creación.
Antes de que existiera el tiempo, ya existía Dios.
Antes de que apareciera el primer ser humano, Dios ya era el Señor soberano sobre todas las cosas.
Antes de que el hombre pudiera hacer algo bueno o malo, Dios ya había determinado el propósito de Su creación.
Esto significa que la identidad humana no comienza cuando nacemos, ni cuando desarrollamos nuestra personalidad, ni cuando descubrimos nuestros talentos. Comienza mucho antes: comienza en la voluntad del Dios que decidió crear al ser humano.
Esta verdad cambia completamente la manera en que entendemos nuestra existencia.
Muchas personas viven intentando descubrir quiénes son observando únicamente aquello que les ha sucedido. Miran su pasado, sus experiencias, sus capacidades o sus limitaciones buscando una respuesta. Sin embargo, Génesis nos invita a levantar primero la mirada hacia Dios.
Solo cuando conocemos al Creador podemos comprender correctamente a la creación.
A medida que avanzamos por el relato de Génesis observamos un patrón constante. Dios habla y la creación responde. Él establece el orden, separa la luz de las tinieblas, organiza los cielos y la tierra, llena el mundo de vida y declara buena cada una de Sus obras.
Nada ocurre por accidente.
Nada aparece sin propósito.
Todo refleja sabiduría, intención y orden.
Este patrón prepara al lector para comprender que el ser humano tampoco es el resultado del azar. Su existencia forma parte del diseño deliberado de Dios.
Cuando llegamos al sexto día de la creación, el ritmo del relato cambia.
Hasta ese momento, el texto repite una misma estructura: Dios habla, la creación responde y Dios declara que lo que ha hecho es bueno. Sin embargo, antes de crear al ser humano, el relato hace una pausa.
Es la primera vez que Dios anuncia deliberadamente lo que está por hacer.
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.”
Génesis 1:26 · RV60
Este versículo nos permite observar algo importante. Dios no crea al ser humano como un elemento más dentro del universo. Antes de hablar de las responsabilidades que tendrá, declara que será creado a Su imagen y conforme a Su semejanza.
Esa declaración establece una diferencia fundamental entre el hombre y el resto de la creación.
Los árboles fueron creados según su género.
Los animales fueron creados según su especie.
Pero únicamente del ser humano se dice que fue creado a imagen de Dios.
La intención del texto no es describir una semejanza física entre Dios y el hombre. La Biblia enseña claramente que Dios es espíritu.
“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
Juan 4:24 · RV60
Por lo tanto, la imagen de Dios no puede entenderse como un parecido corporal.
Más bien, Génesis nos muestra que Dios creó al ser humano para vivir en comunión con Él, reflejar Su carácter y administrar responsablemente la creación que puso bajo su cuidado.
Esta verdad constituye el fundamento de la dignidad humana.
Nuestro valor no nace de lo que producimos.
No depende de nuestra inteligencia.
No aumenta con el éxito.
No disminuye con el fracaso.
Nuestro valor existe porque Dios decidió crear al ser humano con un propósito único dentro de Su creación.
Esta realidad aparece una y otra vez a lo largo de la Escritura.
El rey David, al contemplar la inmensidad del universo, se hizo una pregunta que sigue siendo profundamente relevante.
“Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,<br> Y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles,<br> Y lo coronaste de gloria y de honra.”
Salmos 8:4-5 · RV60
David no encuentra el valor del hombre observando sus capacidades.
Lo encuentra observando a Dios.
Mientras contempla la grandeza de la creación, descubre algo extraordinario: el mismo Dios que sostiene los cielos también conoce al ser humano y le ha concedido honra y responsabilidad.
Este salmo nos ayuda a interpretar correctamente Génesis. No somos el centro del universo. Dios lo es.
Pero dentro de Su creación, Él decidió otorgar al ser humano una dignidad especial.
Vivimos en una sociedad donde el valor suele medirse por productividad, apariencia, recursos económicos o reconocimiento. Sin embargo, la Biblia presenta un fundamento completamente diferente. Cada persona posee valor porque fue creada por Dios. Por esa razón, Santiago utiliza precisamente esta verdad para exhortar a los creyentes sobre el uso de la lengua.
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.”
Santiago 3:9 · RV60
Observa el argumento. Santiago no dice que debamos respetar a las personas porque sean buenas. Tampoco porque piensen como nosotros. La razón que presenta es mucho más profunda. Fueron creadas por Dios.
Esto significa que la doctrina de la creación no solo responde preguntas acerca del origen del ser humano. También transforma la manera en que vivimos. Nos enseña a mirar cada vida con la dignidad que Dios mismo le otorgó. Nos recuerda que el valor de una persona nunca puede reducirse a sus errores, sus capacidades o su condición. Y también nos confronta con una pregunta personal.
¿Sobre qué fundamento estoy construyendo mi identidad?
Si la respuesta es mi profesión, mis logros o la opinión de otros, inevitablemente viviré con inseguridad, porque todas esas cosas cambian.
Pero si mi identidad comienza en el Dios que me creó, entonces descansa sobre un fundamento que permanece para siempre.
“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”
Hebreos 13:8 · RV60
La creación nos enseña que nuestra identidad no nace de aquello que hacemos, sino de Aquel que nos dio la vida. La identidad humana comienza con Dios y que el relato de la creación constituye el fundamento sobre el cual debe comprenderse todo lo que la Biblia enseña acerca del ser humano. Sin embargo, todavía queda una pregunta importante por responder.
Si Dios creó al hombre a Su imagen, ¿qué consecuencias tiene esa verdad para nuestra vida hoy?
La respuesta no se limita a un concepto teológico. Afecta la manera en que entendemos nuestro valor, nuestro propósito y la forma en que vivimos delante de Dios y de los demás.
Nuestro valor proviene del Creador
Una de las mayores necesidades del ser humano es sentirse valioso. Desde pequeños buscamos aceptación, reconocimiento y pertenencia. Muchas de nuestras decisiones, incluso sin darnos cuenta, están motivadas por el deseo de demostrar que somos importantes.
El problema aparece cuando buscamos ese valor en lugares donde nunca fue diseñado para encontrarse.
Algunas personas intentan alcanzarlo mediante el éxito profesional. Otras por medio del reconocimiento de quienes las rodean. Algunas depositan toda su seguridad en una relación sentimental. Otras creen que solo tendrán valor cuando alcancen determinada posición económica o determinado nivel académico. Nada de eso es suficiente. ¿Por qué?
Porque todas esas cosas pueden cambiar.
El trabajo puede perderse.
La salud puede deteriorarse.
Las personas pueden decepcionarnos.
Las riquezas pueden desaparecer.
La aprobación de otros puede convertirse en rechazo.
Si nuestro valor depende de aquello que cambia, nuestra identidad siempre será inestable.
La Biblia nos conduce hacia un fundamento completamente distinto.
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”
Génesis 1:27 · RV60
Nuestro valor no nace de lo que hacemos. Nace de Aquel que nos creó.
Esta verdad explica por qué Dios muestra un interés constante por la dignidad de toda vida humana.
Desde el principio de las Escrituras hasta el final, el Señor llama a Su pueblo a proteger al débil, hacer justicia al oprimido, cuidar al extranjero, defender a la viuda y al huérfano y tratar al prójimo con misericordia. No porque unas personas valgan más que otras. Sino porque todas llevan la marca de haber sido creadas por Dios.
El profeta Isaías recordó esta verdad al pueblo de Israel cuando atravesaba un tiempo de incertidumbre.
“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.”
Isaías 43:1 · RV60
Aunque este pasaje fue dirigido originalmente al pueblo de Israel, revela un principio que atraviesa toda la Escritura: Dios conoce personalmente a aquellos que ha creado y Su relación con ellos nunca ha sido impersonal. La identidad bíblica siempre comienza con la iniciativa de Dios. Nunca con la del hombre.
Nuestro propósito también nace del Creador
En nuestra cultura es común escuchar que cada persona debe encontrar el propósito de su vida. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar quién tiene la autoridad para definir ese propósito.
La Biblia responde esta pregunta desde las primeras páginas. Después de crear al hombre, Dios le confió responsabilidades. No fue el hombre quien decidió cuál sería su misión. Fue Dios quien la estableció.
“Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.”
Génesis 1:28 · RV60
Este detalle suele pasar desapercibido. Primero Dios crea. Después otorga identidad. Y finalmente confía una responsabilidad. Ese orden es importante.
Hoy muchas personas intentan encontrar valor únicamente en aquello que hacen. Creen que su trabajo, su ministerio, sus estudios o sus logros son la fuente de su identidad. La Biblia enseña exactamente lo contrario.
Las responsabilidades son consecuencia de la identidad. Nunca su fundamento.
Esto también cambia la manera en que entendemos el trabajo. Con frecuencia se piensa que el trabajo apareció como consecuencia del pecado. Sin embargo, Génesis muestra otra realidad. Antes de la caída, Adán ya tenía responsabilidades dentro del huerto.
“Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.”
Génesis 2:15 · RV60
El trabajo no nació como castigo. Fue parte del buen diseño de Dios. Lo que el pecado produjo fue esfuerzo, frustración y dolor en el trabajo. Pero la responsabilidad de administrar la creación ya existía desde el principio.
Esto nos enseña que el propósito de nuestra vida no consiste únicamente en alcanzar metas personales. Dios nos creó para vivir en relación con Él y administrar fielmente aquello que ha puesto bajo nuestro cuidado.
Sin embargo, al llegar a este punto surge una pregunta muy importante.
Si Dios tiene un propósito para nuestra vida, ¿qué lugar ocupan nuestros sueños, nuestras metas y nuestros anhelos?
Esta es una pregunta que muchos creyentes se han hecho. Algunos llegan a pensar que tener sueños personales es incompatible con vivir para Dios. Otros, por el contrario, convierten sus propios deseos en el centro de su vida y esperan que Dios simplemente los bendiga.
La Biblia no presenta ninguno de esos extremos.
Dios sí tiene un propósito para toda persona, pero eso no significa que anule nuestra personalidad, nuestros dones o los anhelos que Él mismo ha permitido desarrollar en nosotros. A lo largo de las Escrituras encontramos hombres y mujeres que tuvieron proyectos, iniciativas y deseos. Nehemías anheló reconstruir Jerusalén. David deseó edificar el templo para el Señor. Pablo expresó su deseo de llevar el evangelio hasta España. Ninguno de esos anhelos nació de un corazón independiente de Dios; todos fueron vividos bajo Su autoridad.
La diferencia no estaba en tener sueños. La diferencia estaba en quién gobernaba esos sueños.
Por eso Salomón escribió:
“Encomienda a Jehová tus obras,<br> Y tus pensamientos serán afirmados.”
Proverbios 16:3 · RV60
Y Santiago añade un equilibrio que todo creyente necesita recordar:
«¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad... En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.»
Santiago 4:13, 15
La Biblia no nos invita a dejar de soñar. Nos invita a someter nuestros sueños al señorío de Dios.
Aquí conviene hacer una distinción que nos ayudará a comprender mejor este tema.
Nuestro propósito es común para todos los seres humanos: fuimos creados para conocer a Dios, glorificarle, reflejar Su carácter y vivir en comunión con Él.
Nuestro llamado puede ser diferente. Dios guía a unos hacia la enseñanza, a otros hacia la medicina, los negocios, el hogar, las artes, el servicio o cualquier otra vocación desde la cual puedan honrarle.
Y dentro de ese llamado también existen metas, proyectos y sueños que desarrollamos mientras caminamos con Él.
En otras palabras, los sueños no sustituyen el propósito. Los sueños son una de las maneras en que vivimos ese propósito.
Imagina un árbol. Sus raíces representan el propósito para el cual Dios lo creó. El tronco representa la identidad que sostiene toda su vida. Las ramas representan los distintos llamados que Dios puede confiar a cada persona. Y los frutos representan las metas, proyectos y obras que nacen de esa vida.
Sería un error esperar frutos de un árbol que no tiene raíces profundas. Pero también sería un error pensar que un árbol fue creado únicamente para existir y nunca dar fruto. Así ocurre con nosotros.
Dios no nos creó solamente para conocer una verdad acerca de nuestra identidad. Nos creó para vivir esa identidad de maneras distintas, conforme a los dones, oportunidades y responsabilidades que Él concede a cada uno.
Cuando comprendemos esta verdad, el éxito deja de convertirse en el centro de nuestra identidad.
Nuestro valor permanece firme aun cuando las circunstancias cambian, porque ya no depende de nuestros resultados. Depende del Dios que nos creó.
Y precisamente porque nuestra identidad está segura en Él, somos libres para soñar, trabajar, emprender, servir y desarrollar los dones que nos ha dado, sabiendo que el verdadero propósito de todo ello es glorificar al Creador y reflejar Su carácter en cada área de nuestra vida.
Ninguna experiencia tiene la autoridad para definir quién eres
Quizá una de las consecuencias más prácticas de este estudio sea comprender que nuestras experiencias no tienen la última palabra acerca de nuestra identidad.
La Biblia no ignora el dolor humano.
Conoce el rechazo.
Conoce la traición.
Conoce la culpa.
Conoce el sufrimiento.
Sin embargo, nunca permite que esas experiencias definan completamente la vida de una persona.
Moisés fue rechazado por su propio pueblo.
José fue vendido por sus hermanos.
Ana sufrió durante años por no poder tener hijos.
David experimentó persecución y profundas consecuencias por su pecado.
Pedro negó al Señor.
Pablo persiguió a la iglesia.
Ninguno de ellos quedó definido para siempre por el capítulo más oscuro de su historia.
La razón no era que sus errores fueran pequeños. La razón era que Dios seguía siendo el Autor de sus vidas. Lo mismo ocurre con nosotros.
Nuestro pasado forma parte de nuestra historia. Pero no constituye el fundamento de nuestra identidad.
Nuestros fracasos pueden enseñarnos, nuestras heridas pueden marcar nuestro camino, nuestros pecados tienen consecuencias. Pero ninguna de esas cosas ocupa el lugar que corresponde únicamente al Creador. Por eso el salmista podía decir con plena confianza:
“Porque tú formaste mis entrañas;<br> Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;<br> Estoy maravillado,<br> Y mi alma lo sabe muy bien.”
Salmos 139:13-14 · RV60
David no encontraba seguridad en la ausencia de problemas. La encontraba en la certeza de que su vida estaba en las manos del Dios que lo había formado.
Esa misma verdad continúa siendo el fundamento más seguro para responder la pregunta que dio origen a este estudio.
¿Qué es la identidad según la Biblia?
La identidad no es el resultado de aquello que hemos vivido. No es una construcción basada en nuestras emociones. No depende de la aprobación de otras personas. La identidad comienza con Dios. Se fundamenta en Su diseño. Y encuentra su verdadero significado cuando comprendemos que fuimos creados por Él y para Él.
Reflexión
A lo largo de este estudio hemos regresado al comienzo de la historia para responder una de las preguntas más importantes de la vida: ¿quién soy?
Es interesante notar que Dios no respondió esa pregunta comenzando con el hombre. Antes de hablarnos de nosotros, decidió revelarnos quién es Él. Solo después de conocer al Creador podemos comprender correctamente a la creación.
Esta verdad tiene profundas implicaciones para nuestra vida diaria.
Vivimos rodeados de mensajes que constantemente intentan definir nuestro valor. Algunos nos dicen que valemos por lo que producimos. Otros, por lo que poseemos. Algunos afirman que debemos descubrir nuestra identidad siguiendo nuestros sentimientos; otros creen que el pasado determina para siempre nuestro futuro.
La Palabra de Dios nos conduce por un camino completamente diferente.
Nuestra identidad no nace del éxito, tampoco del fracaso. No nace de la aceptación de las personas, ni de nuestras capacidades, ni siquiera de nuestras heridas.
Todas esas cosas forman parte de nuestra historia, pero ninguna tiene autoridad para responder quiénes somos realmente.
Solo Dios puede hacerlo.
Él es quien nos creó.
Él conoce nuestro origen.
Él conoce nuestro propósito.
Él conoce aquello para lo cual fuimos diseñados.
Cuando olvidamos esta verdad comenzamos a vivir buscando que otras personas nos den aquello que únicamente Dios puede darnos. Esperamos que una relación nos haga sentir completos. Buscamos reconocimiento para sentirnos valiosos. Intentamos demostrar constantemente que somos suficientes. Sin embargo, cuanto más dependemos de aquello que cambia, más inestable se vuelve nuestra identidad.
La creación nos invita a descansar sobre un fundamento mucho más firme.
Antes de que dieras tu primer paso...
Antes de que alguien alabara o criticara tu vida...
Antes de que conocieras el éxito o el fracaso...
Ya existía Dios.
Y fue Él quien decidió crear al ser humano con propósito.
Esta verdad no elimina el dolor ni ignora la realidad del pecado. Tampoco significa que nuestras decisiones carezcan de consecuencias. Lo que sí hace es recordarnos que nuestra historia no comenzó con nuestros errores.
Comenzó con un Dios bueno que creó al hombre a Su imagen.
Esa es la primera verdad que la Biblia quiere que conozcamos acerca de nosotros mismos.
Y sobre ese fundamento Dios desarrollará toda la historia de la redención que estudiaremos en los siguientes capítulos.
Antes de concluir este estudio, dedica unos minutos a reflexionar delante del Señor.
Pregúntate con sinceridad:
¿Qué ha estado definiendo mi identidad durante los últimos años?
¿Estoy buscando mi valor en aquello que cambia o en el Dios que permanece para siempre?
¿He permitido que un fracaso, una herida o una opinión tengan más peso que la verdad de la Palabra?
¿De qué manera cambiaría mi forma de vivir si recordara cada día que fui creado por Dios y para Dios?
Responder estas preguntas con honestidad puede convertirse en el primer paso para comenzar a mirar tu vida desde la perspectiva del Creador y no únicamente desde las circunstancias.
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.”
Génesis 1:31 · RV60
Esta declaración nos recuerda que el diseño original de Dios fue bueno. Antes de que el pecado entrara en el mundo, la creación reflejaba perfectamente la sabiduría, el amor y el propósito de su Creador. Comprender ese diseño será indispensable para entender, en el siguiente estudio, qué significa realmente haber sido creados a imagen de Dios.
Medita en esto
“Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,<br> Y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles,<br> Y lo coronaste de gloria y de honra.”
Salmos 8:4-5 · RV60
“Porque tú formaste mis entrañas;<br> Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;<br> Estoy maravillado,<br> Y mi alma lo sabe muy bien.”
Salmos 139:13-14 · RV60
Qué distorsionó mi identidad
“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.”
Génesis 3:7 · RV60¿Cómo el pecado distorsionó nuestra identidad?
La caída y sus consecuencias en la forma en que nos vemos a nosotros mismos, a Dios y a los demás
Introducción
En el estudio anterior descubrimos que la identidad no comienza con nosotros, sino con Dios. Antes de hablar del ser humano, la Biblia nos presentó al Creador. Aprendimos que nuestro valor no depende de nuestros logros, nuestros fracasos o la opinión de los demás, sino del Dios que nos creó a Su imagen y con un propósito.
Sin embargo, al observar el mundo que nos rodea surge una pregunta inevitable.
Si Dios creó al ser humano con dignidad, propósito y en perfecta comunión con Él, ¿por qué hoy experimentamos culpa, vergüenza, temor, rechazo, inseguridad y una constante lucha por encontrar nuestra identidad?
La respuesta se encuentra en uno de los capítulos más importantes de toda la Biblia: Génesis 3.
Lo que ocurrió en este capítulo no fue simplemente la desobediencia de una pareja en un huerto. Fue el momento en que el pecado entró en la historia humana y alteró profundamente la relación del hombre con Dios, consigo mismo, con los demás y con toda la creación.
Comprender este acontecimiento es indispensable para entender nuestra propia condición.
Muchas personas intentan resolver su sensación de vacío buscando una mejor autoestima, mayor reconocimiento o nuevas experiencias. Sin embargo, la Biblia nos enseña que el problema es mucho más profundo. Lo que el ser humano perdió en Edén no fue únicamente la tranquilidad; perdió la comunión con Dios que daba sentido a toda su existencia.
Por eso, antes de hablar de restauración, la Escritura nos invita a comprender la magnitud de la caída.
Solo cuando entendemos lo que el pecado produjo podemos apreciar la grandeza de la obra redentora de Cristo.
La primera mentira acerca de la identidad
El relato de Génesis 3 comienza con un diálogo que, a primera vista, parece girar alrededor del fruto prohibido. Sin embargo, si observamos cuidadosamente las palabras de la serpiente, descubrimos que el verdadero ataque no estaba dirigido únicamente a la obediencia del hombre.
Era un ataque contra la confianza en el carácter de Dios.
“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”
Génesis 3:1 · RV60
Observemos que la serpiente no comienza negando directamente la existencia de Dios. Tampoco ataca primero al ser humano. Su estrategia consiste en sembrar una duda acerca de la Palabra de Dios.
Toda tentación comienza allí.
Cuando el ser humano deja de confiar en lo que Dios ha dicho, comienza a construir su vida sobre otros fundamentos.
La conversación continúa.
“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.”
Génesis 3:4-5 · RV60
Estas palabras contienen una ironía profunda. La serpiente promete que llegarán a ser como Dios. Pero Génesis 1 ya había declarado que el hombre y la mujer habían sido creados a imagen de Dios. Es decir, Satanás los tentó ofreciéndoles aquello que, en cierto sentido, ya habían recibido como regalo del Creador. La diferencia era que ahora pretendían alcanzar por independencia aquello que solo podía disfrutarse permaneciendo en comunión con Dios.
Aquí encontramos la primera gran distorsión de la identidad.
El pecado convence al ser humano de que aquello que Dios le ha dado no es suficiente. Siempre promete una identidad mejor, una libertad mayor o una realización más plena fuera de la voluntad de Dios. Desde entonces, la humanidad continúa escuchando la misma mentira con diferentes palabras.
"Encontrarás tu verdadera identidad por tus propios medios."
"Solo necesitas seguir tu corazón."
"Nadie puede decirte quién eres."
"Construye tu propia verdad."
Aunque cambien las expresiones, la esencia sigue siendo la misma.
La identidad deja de recibirse del Creador para convertirse en un proyecto que cada persona intenta construir por sí misma.
Y ese camino, como veremos a continuación, nunca conduce a la libertad que promete.
Las consecuencias del pecado: una identidad distorsionada
Después de escuchar la mentira de la serpiente, Eva tomó del fruto y comió. Luego lo dio también a Adán, quien estaba con ella, y él hizo lo mismo. La narración es breve, no hay descripciones dramáticas, no se escuchan truenos, no tiembla la tierra. Sin embargo, en ese instante ocurrió el acontecimiento más devastador de toda la historia humana.
El pecado entró en el mundo.
“Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.”
Génesis 3:6 · RV60
Es interesante observar el proceso que describe el texto.
Eva vió. Deseó. Tomó. Comió.
El pecado nunca aparece de manera aislada. Comienza cuando el corazón deja de confiar en Dios y empieza a considerar más atractiva la autonomía que la obediencia.
Pero las consecuencias fueron muy distintas a las que la serpiente había prometido: No encontraron mayor libertad. No alcanzaron una identidad superior. No llegaron a ser más plenos.
Todo lo contrario.
Perdieron aquello que ya poseían.
La primera evidencia aparece inmediatamente después.
“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.”
Génesis 3:7 · RV60
Este versículo merece que nos detengamos a observarlo cuidadosamente.
Antes del pecado, Génesis había dicho:
“Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.”
Génesis 2:25 · RV60
Después del pecado, la desnudez física no había cambiado, lo que cambió fue su condición espiritual. Por primera vez experimentaron vergüenza.
Hasta ese momento no existía nada que ocultar. Vivían delante de Dios con absoluta transparencia. No necesitaban aparentar, no necesitaban proteger una imagen, no necesitaban esconder sus debilidades.
El pecado destruyó esa libertad.
La vergüenza fue una de las primeras evidencias visibles de que algo se había roto profundamente en el corazón humano. La primera reacción del hombre fue intentar resolver el problema por sus propios medios. Cosieron hojas de higuera.
Es un detalle sencillo, pero profundamente significativo.
Desde entonces, esa ha sido una constante en la historia de la humanidad. Seguimos intentando cubrir aquello que solo Dios puede restaurar.
Quizá hoy ya no utilizamos hojas de higuera. Pero seguimos fabricando sustitutos. Algunos intentan cubrir su inseguridad con éxito profesional. Otros buscan aceptación constante. Algunos construyen una imagen perfecta para que nadie vea sus luchas, construyen mentiras. Otros esconden su culpa detrás del activismo, el dinero, el conocimiento, la religión o incluso el ministerio.
Las hojas han cambiado. El corazón sigue siendo el mismo.
Intentamos resolver internamente un problema que nació en nuestra relación con Dios.
Por eso ninguna de esas soluciones produce verdadera paz. Solo cubren temporalmente aquello que permanece sin sanar.
La vergüenza, además, produjo otra consecuencia inmediata.
El miedo.
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.”
Génesis 3:8 · RV60
Hasta este momento, la presencia de Dios era motivo de gozo, ahora produce temor.
Observa que Dios no había cambiado. Quienes cambiaron fueron Adán y Eva.
El pecado distorsionó también su manera de relacionarse con el Señor. Aquellos que habían sido creados para caminar con Dios ahora intentaban esconderse de Él. Y aquí encontramos otra realidad que continúa presente en nuestros días.
Cuando el ser humano se aleja de Dios, normalmente no deja de buscar respuestas, simplemente comienza a buscarlas en otros lugares.
Algunos buscan identidad en el éxito.
Otros en las relaciones.
Otros en el placer.
Otros en el dinero.
Otros en el poder.
Pero todos esos intentos tienen algo en común. Son intentos de llenar el vacío que dejó la comunión perdida con Dios.
La Escritura nos muestra entonces una escena conmovedora.
No es Adán quien busca a Dios. Es Dios quien busca a Adán.
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9 · RV60
Esta pregunta no revela ignorancia por parte de Dios. Él sabía perfectamente dónde estaba Adán. La pregunta tenía otro propósito. Invitar al hombre a reconocer su verdadera condición.
Es la misma pregunta que Dios continúa haciendo hoy.
No porque desconozca dónde estamos, sino porque desea llevarnos a reconocer dónde nos encontramos espiritualmente y nuestra necesidad de volver a Él.
La respuesta de Adán revela hasta qué punto el pecado había transformado su identidad.
“Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”
Génesis 3:10 · RV60
Observa las palabras que aparecen por primera vez en la Biblia.
Miedo
Escondí
La vergüenza produjo ocultamiento. El ocultamiento produjo miedo. Y el miedo rompió la comunión.
Lo que comenzó con una duda acerca de la bondad de Dios terminó convirtiéndose en una vida marcada por el temor y la separación. Ese es el verdadero alcance del pecado. No solo cambia nuestro comportamiento. Distorsiona la manera en que vemos a Dios. La manera en que nos vemos a nosotros mismos. Y la manera en que nos relacionamos con los demás.
Por eso, toda búsqueda de identidad que ignore esta realidad siempre será insuficiente.
El problema más profundo del ser humano no es la falta de autoestima, es la ruptura de la comunión con el Dios que le dio identidad desde el principio.
Y mientras esa relación no sea restaurada, cualquier intento de definirnos por nuestros logros, relaciones o experiencias seguirá siendo tan frágil como las hojas de higuera que Adán y Eva cosieron para cubrir su vergüenza.
La relación con Dios fue reemplazada por el temor
Después de escuchar la respuesta de Adán, Dios hizo una pregunta que iba mucho más allá de conocer un hecho.
“Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”
Génesis 3:11 · RV60
Dios conocía perfectamente lo sucedido pero la pregunta tenía otro propósito.
Llevar al hombre a reconocer su pecado y asumir su responsabilidad delante del Señor.
Sin embargo, la respuesta de Adán muestra hasta qué punto el pecado ya había transformado su corazón.
“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.”
Génesis 3:12 · RV60
Observemos cuidadosamente sus palabras. Adán ya no habla como el hombre que, en Génesis 2, recibió a Eva con alegría diciendo:
“Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada.”
Génesis 2:23 · RV60
Ahora la presenta como la causa de su pecado. Incluso, de manera indirecta, parece responsabilizar a Dios mismo al decir: «La mujer que me diste...»
El pecado no solo rompió la obediencia. Distorsionó la manera de relacionarse con Dios. Donde antes había confianza, ahora existe desconfianza. Donde había comunión, ahora hay distancia. Donde había adoración, ahora aparecen las excusas.
Esta sigue siendo una de las reacciones más comunes del corazón humano.
Cuando el pecado es confrontado, nuestra tendencia natural no suele ser el arrepentimiento inmediato. Con frecuencia buscamos justificarnos, mentimos, culpamos a las circunstancias, a otras personas, a nuestra historia, a la sociedad, incluso cuestionamos a Dios.
Pero mientras la responsabilidad siempre sea de alguien más, nunca podremos experimentar la restauración que Él ofrece.
La relación con los demás también fue dañada
La ruptura con Dios produjo inmediatamente una ruptura entre las personas. Aquellos que habían sido creados para caminar juntos comenzaron a protegerse mutuamente en lugar de servirse.
La confianza dio paso a la sospecha.
La unidad comenzó a fragmentarse.
Más adelante, esta realidad se hará evidente en toda la historia bíblica.
Caín levantará su mano contra Abel.
José será vendido por sus propios hermanos.
Los pueblos entrarán en guerra.
La injusticia, la violencia y el orgullo se multiplicarán sobre la tierra.
Todo ello encuentra su origen en este momento.
Cuando el ser humano se separa de Dios, también termina alejándose de los demás.
Esto explica por qué muchas de nuestras luchas actuales no son únicamente emocionales, son espirituales. Las relaciones rotas, el resentimiento, la envidia, la competencia y el egoísmo no aparecieron por casualidad. Son parte de un corazón que ya no vive conforme al diseño original de Dios.
La relación con nosotros mismos también cambió
Quizá esta sea una de las consecuencias menos evidentes y, al mismo tiempo, una de las más profundas: Antes del pecado, Adán y Eva no necesitaban demostrar su valor. Sabían quiénes eran porque conocían a Aquel que los había creado. Después de la caída comenzaron a esconderse.
Ese deseo de ocultarnos sigue acompañando al ser humano hasta nuestros días. Escondemos nuestros temores, nuestra culpa, nuestras luchas. Construimos imágenes de éxito mientras por dentro experimentamos inseguridad. Buscamos aprobación porque hemos olvidado dónde se encuentra nuestro verdadero valor. Intentamos convencer a otros de algo que nosotros mismos no creemos.
La Biblia nos muestra que esta crisis de identidad no comenzó en la sociedad moderna. Comenzó en Edén. Por eso ningún cambio exterior puede resolver completamente el problema.
No basta con mejorar la autoestima.
No basta con alcanzar metas personales.
No basta con cambiar las circunstancias.
El corazón necesita ser restaurado.
Y esa restauración solo puede venir de Aquel cuya imagen fue distorsionada por el pecado, pero cuyo propósito para la humanidad nunca cambió.
Hasta este punto del relato, el panorama parece completamente desolador, el hombre ha pecado, la comunión con Dios se ha roto, la vergüenza ha reemplazado la Inocencia, el miedo ha ocupado el lugar de la confianza y la culpa ha llevado al hombre a esconderse del Dios para quien fue creado. Sin embargo, la historia no termina allí. Hay un detalle del relato que muchas veces pasa desapercibido, aunque Adán y Eva dejaron de buscar a Dios... Dios nunca dejó de buscar al hombre.
Esta verdad atraviesa toda la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis, vemos a un Dios que toma la iniciativa para restaurar aquello que el pecado destruyó.
Jesús mismo declaró:
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10 · RV60
La búsqueda comenzó mucho antes de Belén, comenzó en el huerto uando Dios preguntó:
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9 · RV60
No estaba buscando información, estaba llamando al hombre a salir de su escondite y reconocer su condición. Esa pregunta sigue resonando hoy. No porque Dios ignore dónde estamos, sino porque desea que nosotros reconozcamos dónde nos ha llevado el pecado y nuestra necesidad de volver a Él.
Dios confronta el pecado, pero también revela esperanza
Después de escuchar a Adán, Dios dirige su atención a la serpiente. Es aquí donde encontramos el primer anuncio del plan de redención.
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”
Génesis 3:15 · RV60
Este versículo ha sido llamado por muchos estudiosos el primer anuncio del evangelio, porque anticipa que un descendiente de la mujer derrotaría finalmente al enemigo. Aunque el pecado había producido una separación profunda, Dios ya estaba revelando que no tendría la última palabra.
La redención no nació como una solución improvisada. Desde el mismo momento en que el hombre cayó, Dios anunció que un día enviaría al Salvador.
Siglos después, el apóstol Pablo escribiría:
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley,”
Gálatas 4:4 · RV60
Lo que comenzó como una promesa en Edén encontró su cumplimiento en Jesucristo. Esto nos recuerda una verdad profundamente esperanzadora. El pecado sorprendió al hombre, nunca sorprendió a Dios.
Él conocía la magnitud de la caída y, aun así, ya había preparado el camino para la restauración.
Dios no solo cubrió la vergüenza; señaló hacia la redención
Antes de expulsar al hombre del huerto, ocurre otro acontecimiento lleno de significado.
“Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.”
Génesis 3:21 · RV60
Hasta ese momento, Adán y Eva habían intentado cubrir su vergüenza con hojas de higuera.
Dios las reemplaza por túnicas de piel. El texto no explica todos los detalles, pero deja una enseñanza clara. Las hojas que el hombre fabricó nunca fueron suficientes, fue Dios quien proveyó una cobertura adecuada.
Este acto también apunta hacia una verdad que recorrerá toda la Biblia.
El ser humano nunca puede resolver por sí mismo el problema del pecado, siempre será Dios quien tome la iniciativa para proveer el medio por el cual el hombre puede ser reconciliado con Él.
Más adelante, el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento recordaría continuamente esta realidad.
Y finalmente, Juan el Bautista señalaría a Jesús diciendo:
“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29 · RV60
Las túnicas de piel en Edén no fueron la solución definitive, fueron una sombra de la obra perfecta que Cristo realizaría en la cruz. Por eso, aunque Génesis 3 es el capítulo donde el pecado entra en la historia humana, también es el capítulo donde Dios revela por primera vez que la esperanza no ha desaparecido.
El hombre rompió la communion, pero Dios inició el camino de la restauración. Y esa restauración alcanzará su plenitud en la persona de Jesucristo.
El pecado no destruyó la imagen de Dios, pero sí la distorsionó
Cuando Adán y Eva pecaron, no dejaron de ser seres humanos creados por Dios, tampoco perdieron completamente la imagen de Dios. Lo que el pecado produjo fue una profunda distorsión de esa imagen.
Esta diferencia es importante porque nos ayuda a comprender tanto la gravedad del pecado como el alcance de la obra redentora de Cristo.
Después de la caída, la Biblia continúa afirmando que el ser humano conserva una dignidad especial por haber sido creado por Dios. Por ejemplo, después del diluvio, el Señor establece el valor de la vida humana diciendo:
“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.”
Génesis 9:6 · RV60
Observemos que estas palabras fueron pronunciadas muchos años después de la entrada del pecado. Aunque la humanidad ya estaba profundamente afectada por la maldad, Dios seguía afirmando que el hombre había sido hecho a Su imagen.
Santiago utiliza exactamente el mismo argumento en el Nuevo Testamento.
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.”
Santiago 3:9 · RV60
Una vez más, la dignidad del ser humano no depende de su comportamiento, depende de su Creador.
Entonces, ¿qué fue lo que realmente cambió? La capacidad del ser humano para reflejar el carácter de Dios quedó profundamente afectada. Aquello que había sido creado para vivir en comunión con Él ahora se inclinaba naturalmente hacia el pecado. Aquello que había sido creado para amar la verdad comenzó a justificar la mentira. Aquello que había sido diseñado para servir terminó buscando exaltarse a sí mismo.
El pecado no eliminó el valor del ser humano, pero sí deformó la manera en que vive la identidad que Dios le dio. Por eso el problema del hombre nunca ha sido únicamente moral, no consiste simplemente en hacer cosas malas, es mucho más profundo. Es una condición del corazón.
Jesús explicó esta realidad cuando dijo:
«Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia y la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.»
El pecado no comienza en las circunstancias, comienza en un corazón que ha sido separado de Dios. Por esa razón, la solución tampoco puede consistir únicamente en cambiar la conducta. La humanidad necesita algo mucho más profundo, necesita una restauración interior, necesita un nuevo corazón.
Siglos antes, el profeta Ezequiel anunció precisamente esa esperanza.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”
Ezequiel 36:26 · RV60
Observa cómo la promesa de Dios no consiste simplemente en enseñar nuevas reglas, consiste en transformar el corazón. Y esa transformación prepara el camino para comprender una de las verdades más hermosas del evangelio. Cristo no vino únicamente a perdonar nuestros pecados, vino a restaurar en nosotros aquello que el pecado había distorsionado. Por eso el apóstol Pablo escribe acerca del nuevo hombre:
“y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,”
Colosenses 3:10 · RV60
Y nuevamente afirma:
“y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”
Efesios 4:24 · RV60
Observa la continuidad de la historia bíblica. Génesis nos muestra el diseño, la caída nos muestra la distorsión y Cristo inicia la restauración.
La identidad que el pecado deformó comienza a ser restaurada cuando una persona es reconciliada con Dios por medio de Jesucristo.
Reflexión
En Génesis 3 descubrimos que el problema del ser humano no comenzó con una falta de autoestima ni con una crisis de propósito. Comenzó cuando decidió desconfiar de Dios y buscar fuera de Él aquello que solo podía encontrarse en comunión con su Creador. La caída no solo introdujo el pecado en el mundo, introdujo una nueva manera de vivir. Desde entonces, el ser humano intenta construir su identidad lejos de Dios, busca valor donde nunca podrá encontrarlo plenamente, persigue aceptación, reconocimiento, éxito, poder o placer con la esperanza de llenar un vacío que tiene un origen mucho más profundo. Sin darse cuenta, continúa cosiendo hojas de higuera.
Quizá las nuestras ya no provengan de un árbol, tal vez estén hechas de logros profesionales, de una buena reputación, de recursos económicos, de una apariencia que intenta ocultar las luchas interiors, de relaciones de las que esperamos recibir aquello que únicamente Dios puede dar. Incluso podemos utilizar la actividad religiosa para esconder un corazón que todavía vive lejos del Señor. Pero las hojas siguen siendo hojas… cubren, pero nunca transforman. Solo Dios puede hacer eso.
La buena noticia del evangelio es que Dios no abandonó al hombre en su condición. Mientras Adán se escondía, Dios salió a buscarlo. Mientras el hombre intentaba cubrir su vergüenza, Dios proveyó una cobertura. Mientras el pecado parecía haber destruido toda esperanza, Dios anunció que un día enviaría al Salvador.
Esa misma esperanza sigue estando disponible hoy. Cristo no vino simplemente para mejorar nuestra conducta, vino para reconciliarnos con Dios y comenzar la restauración de aquello que el pecado había distorsionado.
Por eso la solución a nuestra crisis de identidad nunca será descubrir una mejor versión de nosotros mismos, será volver al Dios que nos creó y aceptar la obra que Él realizó por medio de Jesucristo.
Antes de terminar este estudio, detente unos minutos y permite que la Palabra examine tu corazón.
Pregúntate con sinceridad:
¿Qué "hojas de higuera" he estado utilizando para cubrir mi inseguridad, mi culpa o mi necesidad de aceptación?
¿Hay áreas de mi vida donde sigo confiando más en mis propios recursos que en la gracia de Dios?
¿He permitido que el pecado distorsione la manera en que veo a Dios, creyendo que debo esconderme de Él en lugar de correr hacia Su misericordia?
¿Estoy buscando mi identidad en aquello que puedo construir, o en la obra que Cristo ya comenzó a restaurar?
El mismo Dios que buscó a Adán continúa llamando al ser humano, no para condenarlo sin Esperanza sino para conducirlo nuevamente a la comunión para la cual fue creado.
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10 · RV60
Medita en esto
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”
Jeremías 17:9 · RV60
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9 · RV60
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10 · RV60
Identidad restaurada en Cristo
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17 · RV60La identidad restaurada en Cristo
Lo que el pecado distorsionó, Cristo vino a restaurar
Introducción
En los dos estudios anteriores vimos que la identidad del ser humano tiene su origen en Dios. Él nos creó a Su imagen, con dignidad, propósito y para vivir en comunión con Él. También vimos que el pecado distorsionó esa identidad. La relación con Dios fue reemplazada por el temor, la vergüenza ocupó el lugar de la inocencia y el hombre comenzó a buscar fuera de su Creador aquello que solo Él podía darle.
Sin embargo, Génesis 3 no termina con una humanidad abandonada a su suerte. En medio del juicio, Dios anunció una promesa: un día vendría Aquel que vencería definitivamente al pecado y al enemigo. Desde ese momento, toda la historia bíblica apunta hacia el cumplimiento de esa promesa.
Ese cumplimiento tiene un nombre.
Jesucristo.
Cuando Cristo vino al mundo, no lo hizo únicamente para enseñarnos un mejor camino o para dejarnos un ejemplo moral. Vino para hacer posible aquello que el ser humano jamás habría podido lograr por sí mismo: reconciliarnos con Dios y restaurar la identidad que el pecado había distorsionado.
Por eso, cuando hablamos de identidad cristiana, no estamos hablando de una mejor autoestima ni de aprender a pensar de forma más positiva acerca de nosotros mismos. Tampoco estamos hablando de convertirnos en una versión mejorada de quienes éramos. Estamos hablando de una obra sobrenatural que Dios realiza en todo aquel que pone su fe en Jesucristo.
La identidad restaurada no comienza cuando descubrimos quiénes queremos ser. Comienza cuando comprendemos quién es Cristo y lo que Él hizo por nosotros.
Solo entonces podemos responder correctamente la pregunta que ha acompañado toda esta serie.
¿Quién soy ahora delante de Dios?
Cristo restaura nuestra identidad reconciliándonos con el Padre
El pecado no solamente produjo acciones equivocadas, produjo separación. La humanidad dejó de disfrutar la comunión para la cual había sido creada y al perder la comunión con Dios, comenzó también a perder el fundamento sobre el cual descansaba su identidad.
Por eso, la restauración de nuestra identidad debía comenzar exactamente donde el pecado produjo la mayor ruptura. En nuestra relación con Dios.
El apóstol Pablo escribe:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8 · RV60
Observemos nuevamente quién toma la iniciativa. En Génesis fue Dios quien buscó a Adán. En el evangelio vuelve a ser Dios quien busca al hombre. La historia no ha cambiado. Desde el principio hasta el final, la restauración comienza con Dios.
Él es quien ama primero.
Él es quien llama.
Él es quien provee el camino para que el hombre vuelva a tener comunión con Él.
Sin embargo, esta verdad puede llevarnos a una pregunta importante. Si Dios toma la iniciativa y la salvación es por gracia, ¿por qué debo responder? ¿Por qué necesito buscar a Dios?
La Biblia responde mostrando que la gracia nunca elimina la responsabilidad del ser humano, la hace posible. Cuando Dios llamó a Adán diciendo:
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9 · RV60
No estaba intentando descubrir dónde se encontraba, Él ya lo sabía. Aquella pregunta era una invitación a salir de su escondite, reconocer su condición y volver a la comunión que el pecado había roto.
Ese mismo llamado continúa apareciendo a lo largo de toda la Escritura.
Jesús comenzó Su ministerio proclamando:
“diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.”
Marcos 1:15 · RV60
Observemos cuidadosamente el orden, Dios se acerca. Dios llama. Y el hombre responde arrepintiéndose y creyendo. No responde para ganar el favor de Dios, responde porque Dios ya le ha mostrado Su gracia. Pablo lo explica de manera clara.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”
Efesios 2:8-9 · RV60
La salvación es completamente un regalo de Dios. Ningún ser humano puede comprarla, merecerla o alcanzarla por sus propias obras. Pero todo regalo necesita ser recibido. La fe no compra la salvación, la recibe.
Podemos entenderlo con una ilustración sencilla.
Imagina a un padre que ve a su pequeño hijo caer a un río. Sin pensarlo dos veces, se lanza al agua para rescatarlo. El niño no tiene la capacidad de salvarse. Toda la iniciativa pertenece al padre. Sin embargo, cuando el padre llega hasta él y lo sostiene entre sus brazos, el niño deja de luchar desesperadamente y se aferra a quien ha venido a rescatarlo. No es ese abrazo el que produce el rescate, el rescate comenzó cuando el padre decidió entrar al agua. Pero ese abrazo expresa la confianza del hijo en quien ya vino a salvarlo.
De manera semejante, Dios tomó la iniciativa de nuestra salvación mucho antes de que nosotros pudiéramos hacer algo por Él. Nuestra respuesta de fe no compra Su amor, simplemente recibe el amor que Él ya nos ofreció. Pero todavía surge otra pregunta.
Si Cristo ya pagó el precio por mi pecado, ¿por qué debo seguir luchando contra él?
La respuesta vuelve a encontrarse en la identidad. El apóstol Pablo escribió:
“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”
Romanos 6:1-2 · RV60
Observemos que Pablo no responde hablando primero de reglas, tampoco apela al miedo como la principal motivación para obedecer, su respuesta comienza recordándonos quiénes somos ahora: Quien está en Cristo ya no pertenece al dominio del pecado. Ha recibido una nueva vida, ha comenzado una nueva relación con Dios y esa nueva relación transforma también su identidad.
La obediencia deja de ser un intento por ganar el favor de Dios, se convierte en la respuesta natural de alguien cuya vida está siendo restaurada.
Imagina un niño que ha sido adoptado por una familia que lo ama profundamente, no obedece para convertirse en hijo, obedece porque ahora sabe que pertenece a esa familia. Su comportamiento comienza a reflejar la identidad que ha recibido.
De la misma manera, el creyente no lucha contra el pecado para que Dios lo acepte, lucha contra el pecado porque Cristo ya lo ha recibido y está restaurando en él la identidad que el pecado había distorsionado.
Jesús declaró:
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6 · RV60
Estas palabras no solo responden cómo llegamos al Padre, también responden cómo comienza la restauración de nuestra identidad.
La identidad nunca podrá restaurarse mientras permanezcamos separados del Dios que nos la dio.
Cristo abrió nuevamente el camino hacia el Padre. Y cuando esa comunión es restaurada, comienza también la restauración de quiénes somos.
La identidad cristiana no consiste en pensar mejor acerca de nosotros mismos, consiste en vivir reconciliados con el Dios que nos creó, sabiendo que ya no somos definidos por nuestro pecado, nuestro pasado o nuestros fracasos, sino por la obra perfecta de Jesucristo.
Pero esa restauración no termina con la reconciliación, Dios hace algo aún más profundo… No solamente perdona al picador, lo convierte en una nueva creación.
Una nueva identidad, no una mejor versión de nosotros mismos
Después de comprender que Cristo nos reconcilia con el Padre, surge una pregunta natural.
¿Qué cambia realmente cuando una persona pone su fe en Jesucristo? ¿Simplemente recibe el perdón de sus pecados? ¿O Dios transforma algo mucho más profundo?
El apóstol Pablo responde con una de las declaraciones más extraordinarias del Nuevo Testamento.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17 · RV60
Este versículo no habla únicamente de un cambio de comportamiento, habla de una nueva identidad.
Observemos cuidadosamente cómo comienza, Pablo no dice: "Si alguno intenta mejorar su vida", tampoco dice: "Si alguno decide cambiar sus costumbres". Dice: «Si alguno está en Cristo...»
Toda la transformación comienza allí, la identidad cristiana no nace del esfuerzo humano, nace de nuestra unión con Cristo.
Esta expresión, "estar en Cristo", aparece repetidamente en las cartas del apóstol Pablo y describe una realidad completamente nueva. Significa que, por medio de la fe, el creyente ha sido unido a Jesucristo. Su relación con Dios ya no depende de sus propios méritos, ahora descansa sobre la obra perfecta del Hijo de Dios. Por eso, la identidad del creyente deja de construirse sobre su passado, comienza a construirse sobre Cristo. Esto significa que el pecado ya no tiene la última palabra acerca de quiénes somos, nuestros errores tampoco, ni nuestras heridas, ni las etiquetas que otras personas nos colocaron.
Nuestra identidad deja de estar determinada por aquello que hicimos, ahora está determinada por Aquel a quien pertenecemos.
Esta verdad aparece una y otra vez en las Escrituras.
Pablo escribe:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”
Gálatas 2:20 · RV60
Observemos que Pablo no está diciendo que dejó de existir como persona, tampoco perdió su personalidad, sus dones o su historia, lo que cambió fue el centro de su vida. Antes vivía para sí mismo, ahora vive unido a Cristo. La identidad restaurada no elimina nuestra individualidad, la redime. Dios no borra nuestra historia, la transforma.
Esto también nos ayuda a comprender mejor la expresión: «las cosas viejas pasaron».
Con frecuencia pensamos que significa olvidar completamente el passado, pero la Biblia nunca enseña que nuestra historia desaparece.
Pablo jamás dejó de recordar que había perseguido a la Iglesia.
Pedro nunca olvidó que negó a Jesús.
David jamás dejó de reconocer su pecado.
Lo que cambió fue que su pasado dejó de definir quiénes eran. Su identidad ya no estaba construida sobre sus fracasos, estaba fundamentada en la gracia de Dios. Esto representa una diferencia enorme.
El mundo suele decir: "Eres la suma de tus experiencias."
La Biblia responde: "Eres una nueva creación en Cristo."
El mundo afirma: "Tu pasado determina tu futuro."
El evangelio declara que Dios puede redimir incluso aquello que parecía irremediablemente perdido.
Esto no significa que desaparezcan todas las consecuencias de nuestras decisions, las consecuencias pueden permanecer, las cicatrices pueden permanecer, algunas circunstancias también permanecerán, pero ninguna de ellas tiene autoridad para definir la identidad de quien ha sido unido a Cristo.
El Señor mismo declara:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17 · RV60
Observemos nuevamente dónde está el énfasis. No está en el esfuerzo del creyente, está en la obra de Dios.
La nueva identidad no es algo que construimos, es algo que recibimos.
Sin embargo, recibir una nueva identidad no significa comprenderla completamente desde el primer día. Así como un niño necesita crecer para comprender quién es dentro de su familia, el creyente también necesita aprender a vivir conforme a la identidad que ya ha recibido en Cristo.
Por esa razón, el Nuevo Testamento habla continuamente de crecer, permanecer y ser transformados.
Jesús dijo a Sus discípulos:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.”
Juan 15:4 · RV60
Nuestra nueva identidad comienza en Cristo, pero solo puede desarrollarse mientras permanecemos en comunión con Él.
Del mismo modo, el apóstol Pedro anima a los creyentes diciendo:
“Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.”
2 Pedro 3:18 · RV60
La vida cristiana no es estática, es un proceso continuo de crecimiento.
También Pablo enseña que Dios está transformando progresivamente la vida del creyente.
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”
2 Corintios 3:18 · RV60
Observemos que la transformación es obra de Dios, pero ocurre mientras permanecemos contemplando a Cristo. No consiste en esforzarnos cada día por convertirnos en alguien diferente, consiste en permitir que Dios forme cada vez más el carácter de Cristo en nosotros.
Por eso la vida cristiana no consiste en intentar construir una nueva identidad, consiste en aprender a vivir conforme a la identidad que Dios ya nos ha dado en Cristo.
Ya no obedecemos para conseguir una identidad, obedecemos porque hemos recibido una nueva identidad. Ya no luchamos para ser aceptados por Dios, vivimos desde la certeza de haber sido aceptados por gracia. Y cuanto más conocemos a Cristo, más comienza nuestra vida a reflejar el carácter de Aquel que nos restauró.
¿Qué dice Dios que somos ahora?
Hasta este momento hemos visto que la identidad del creyente no nace de sus méritos ni de su passado, nace de su unión con Cristo. Pero esto nos lleva a una pregunta que transforma completamente la manera en que nos vemos a nosotros mismos.
Si estoy en Cristo, ¿qué dice Dios que soy ahora?
Con frecuencia respondemos esta pregunta mirando nuestras emociones. Hay días en que nos sentimos fuertes en la fe, otros días nos sentimos débiles, a veces experimentamos gozo, otras veces luchamos con el temor, la culpa o el desánimo. Si nuestra identidad dependiera de nuestros sentimientos, cambiaría constantemente. Pero la identidad que Dios nos da en Cristo no depende de cómo nos sentimos, depende de lo que Él ha declarado acerca de nosotros.
Por eso, el Nuevo Testamento no describe al creyente principalmente por lo que hace, sino por la nueva posición que ahora ocupa delante de Dios.
La primera de esas verdades es que hemos sido justificados.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;”
Romanos 5:1 · RV60
Ser justificados significa que Dios nos declara justos, no porque nunca hayamos pecado, sino porque Cristo llevó sobre sí el castigo que nosotros merecíamos. Esto cambia profundamente nuestra identidad.
Ya no vivimos intentando demostrar que somos aceptables delante de Dios. Vivimos desde la certeza de que Cristo hizo por nosotros aquello que jamás habríamos podido hacer por nuestras propias fuerzas.
La segunda verdad es que hemos sido reconciliados con Dios.
Pablo escribe:
“Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación;”
2 Corintios 5:18 · RV60
Observemos nuevamente quién tomó la iniciativa, fue Dios quien nos reconcilió consigo mismo. Esto significa que ya no vivimos como enemigos de Dios, ya no somos extraños delante de Él. La comunión que el pecado rompió comienza a ser restaurada por medio de Jesucristo.
Pero la restauración no termina allí, la Biblia utiliza una imagen aún más cercana y profundamente conmovedora, no solamente hemos sido reconciliados, hemos sido adoptados.
El apóstol Juan escribe:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.”
1 Juan 3:1 · RV60
Y Pablo añade:
“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”
Romanos 8:15 · RV60
Esta verdad transforma completamente la manera en que entendemos nuestra identidad. Dios no nos recibe únicamente como personas perdonadas, nos recibe como hijos.
Eso significa que nuestra relación con Él deja de estar basada en el miedo y comienza a estar fundamentada en el amor del Padre.
Un esclavo trabaja intentando ganar aceptación, mientras que un hijo vive desde la seguridad de pertenecer a su familia. Muchas veces los creyentes continúan viviendo como si todavía tuvieran que convencer a Dios de amarlos, pero el evangelio anuncia exactamente lo contrario.
En Cristo, Dios ya nos ha recibido como hijos. Nuestra obediencia deja de ser un intento por obtener Su amor, se convierte en una respuesta agradecida al amor que ya hemos recibido.
Esta verdad también cambia la manera en que enfrentamos nuestros fracasos, cuando un hijo falla, deja de disfrutar la comunión con su padre, pero no deja de ser su hijo. Del mismo modo, el pecado afecta nuestra comunión con Dios y requiere arrepentimiento, pero nuestra identidad ya no depende de un desempeño perfecto, depende de la obra perfecta de Cristo.
Por eso Juan escribe más adelante:
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”
1 Juan 2:1 · RV60
Observemos el equilibrio de las Escrituras, Dios nunca minimiza el pecado, pero tampoco abandona a Sus hijos cuando ellos tropiezan. Cristo continúa siendo nuestro Abogado delante del Padre.
Comprender estas verdades transforma la manera en que respondemos tanto al éxito como al fracas, cuando hacemos las cosas bien, recordamos que nuestra identidad no depende de nuestros logros, y cuando fallamos, recordamos que nuestra esperanza tampoco depende de nuestros fracasos.
Nuestra identidad permanece firme porque está sostenida por la obra perfecta de Jesucristo y por el amor inmutable del Padre, esa seguridad no produce conformismo, produce gratitud. Y la gratitud nos impulsa a vivir de una manera que refleje cada vez más el carácter de Aquel que nos llamó Sus hijos.
Esta verdad también puede llevarnos a otra pregunta importante.
Si ahora soy hijo de Dios y Cristo es mi Abogado delante del Padre, ¿significa eso que puedo vivir de cualquier manera porque ya he sido perdonado?
El apóstol Juan responde esta inquietud desde el comienzo de su carta.
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”
1 Juan 2:1 · RV60
Juan no escribe para animar al creyente a vivir confiado en el pecado, escribe "para que no pequéis".
Solo después recuerda que, cuando un creyente tropieza y se arrepiente, Cristo continúa siendo su Abogado delante del Padre. La gracia nunca convierte el pecado en algo sin importancia, al contrario, hace que comprendamos aún más cuánto costó nuestra redención.
Jesús también enseñó que una relación verdadera con Él produce una vida transformada.
“Si me amáis, guardad mis mandamientos.”
Juan 14:15 · RV60
No obedecemos para que Cristo nos ame, obedecemos porque le amamos. Y le amamos porque Él nos amó primero.
La identidad restaurada produce una nueva manera de vivir, no porque el creyente busque ganar el favor de Dios, sino porque el Espíritu Santo comienza a transformar su corazón.
Por esa razón Pablo escribe:
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”
Efesios 2:10 · RV60
Este versículo aparece inmediatamente después de afirmar que somos salvos por gracia mediante la fe. No es una contradicción, es la continuación natural.
No somos salvos por las buenas obras, pero sí somos salvos para vivir una vida que refleje la obra que Dios ha comenzado en nosotros.
Por eso la identidad restaurada nunca conduce a una vida de indiferencia espiritual. Conduce a un deseo creciente de parecerse a Cristo. No porque el creyente sea perfecto, sino porque ahora pertenece a Aquel que lo está transformando.
La evidencia de una identidad restaurada no es una vida sin luchas, es un corazón que, cuando tropieza, vuelve al Padre en arrepentimiento y continúa caminando hacia la semejanza de Cristo.
Por eso la pregunta correcta ya no es:
"¿Hasta dónde puedo acercarme al pecado sin perder mi relación con Dios?"
La pregunta de quien ha comprendido su nueva identidad es muy diferente.
"¿Cómo puedo reflejar cada día más el carácter de Cristo, que me amó y dio Su vida por mí?"
Nuestra identidad ya no está definida por el pasado
Una de las consecuencias más dolorosas del pecado es que muchas personas llegan a creer que su pasado tiene la autoridad para definir quiénes son. Algunos viven recordando continuamente sus errores, otros se sienten marcados por decisiones que tomaron hace muchos años. Hay quienes llevan el peso de heridas profundas, del rechazo, del abandono o de experiencias que nunca habrían querido vivir.
Con el paso del tiempo, todas esas circunstancias pueden convertirse en etiquetas.
"Soy un fracaso."
"No puedo cambiar."
"Dios nunca podrá usar a alguien como yo."
"Siempre seré la misma persona."
Sin embargo, cuando una persona viene a Cristo, Dios cambia completamente el fundamento sobre el cual construye su identidad, el pasado deja de ser el lugar desde donde se define. Ahora esa identidad descansa sobre la obra de Cristo. Esto no significa que nuestra historia desaparezca.
La Biblia nunca invita a negar lo que hemos vivido, lo que enseña es que nuestro pasado deja de tener la última palabra. Pablo es un ejemplo extraordinario de esta verdad, antes de conocer a Cristo, había perseguido a la Iglesia, Él mismo lo reconoce diciendo:
“Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.”
1 Corintios 15:9 · RV60
Pablo nunca negó su passado, lo recordaba con humildad. Pero tampoco permitió que ese pasado definiera su identidad. Inmediatamente después escribe:
“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”
1 Corintios 15:10 · RV60
Observemos el cambio, Pablo ya no se define por aquello que hizo, ahora se define por la gracia de Dios. No ignora su historia, pero tampoco vive esclavizado por ella. Algo semejante ocurrió con Pedro, negó tres veces al Señor, sin embargo, después de su restauración, Jesús no permitió que aquella caída definiera el resto de su vida. Lo restauró y le confió nuevamente la responsabilidad de cuidar de Su pueblo.
“Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.”
Juan 21:17 · RV60
La gracia de Dios no cambió el pasado de Pedro, cambió el futuro de Pedro.
Esto nos ayuda a comprender una verdad profundamente consoladora. Satanás suele recordar nuestro pasado para hacernos creer que nunca podremos ser diferentes. Dios nos recuerda la obra de Cristo para enseñarnos que nuestro pasado ya no tiene la autoridad para definir quiénes somos.
Esto no significa minimizar el pecado, todo pecado requiere arrepentimiento, toda herida necesita ser llevada delante del Señor, toda relación rota debe ser tratada conforme a los principios de la Palabra. Pero una vez que una persona ha sido reconciliada con Dios por medio de Cristo, ya no necesita vivir encadenada a aquello de lo cual Dios la ha perdonado.
El profeta Isaías anunció esta esperanza muchos siglos antes.
“No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.”
Isaías 43:18-19 · RV60
Estas palabras no invitan a borrar la memoria, invitan a dejar de vivir atrapados en aquello que Dios ya ha comenzado a transformar. Por eso el apóstol Pablo podía afirmar:
“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”
Filipenses 3:13-14 · RV60
Pablo no estaba diciendo que había perdido la memoria, estaba afirmando que su pasado ya no gobernaba su presente.
Eso mismo ocurre con todo creyente. La identidad restaurada en Cristo no borra nuestra historia, la redime.
Dios puede tomar aquello que antes era motivo de vergüenza y convertirlo en un testimonio de Su gracia. Puede transformar nuestras heridas en oportunidades para consolar a otros. Puede utilizar incluso nuestras experiencias más difíciles para moldear nuestro carácter y reflejar la obra que Él está realizando en nosotros.
Por eso el creyente ya no necesita preguntarse continuamente: "¿Qué hice en el pasado?"
La pregunta que comienza a transformar su vida es otra: "¿Quién dice Dios que soy ahora en Cristo?"
Y cuanto más aprende a responder esa pregunta desde la Palabra, menos poder tienen sobre él las etiquetas que el mundo, las personas o incluso su propia conciencia intentan imponerle.
La restauración de nuestra identidad es una obra que Dios continúa perfeccionando
Al comprender todas estas verdades, algunos creyentes pueden experimentar una nueva inquietud.
Si Dios ya restauró mi identidad en Cristo, ¿por qué todavía lucho con el pecado, las tentaciones y mis debilidades?
Esta pregunta nace porque muchas veces esperamos que la transformación ocurra de manera inmediata y completa. Sin embargo, la Biblia muestra un panorama diferente.
Cuando una persona pone su fe en Cristo, Dios realiza una obra definitiva al reconciliarla consigo mismo, pero también inicia una obra progresiva de transformación que continuará durante toda su vida.
El apóstol Pablo expresa esta seguridad diciendo:
“estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;”
Filipenses 1:6 · RV60
Observemos cuidadosamente el versículo, la obra comienza con Dios, continúa por el poder de Dios y será llevada a su plenitud por Dios.
Esta verdad nos libra de dos errores muy comunes.
El primero consiste en pensar que debemos alcanzar la perfección por nuestras propias fuerzas para que Dios continúe amándonos, el segundo consiste en creer que, porque todavía luchamos con el pecado, Dios ya dejó de obrar en nosotros. La Biblia no enseña ninguno de esos extremos, en cambio, nos muestra que el creyente vive un proceso continuo de crecimiento.
Pablo describe esa realidad cuando escribe:
“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.”
Filipenses 3:12 · RV60
Es importante notar quién escribe estas palabras no es un creyente recién convertido, es el apóstol Pablo, después de años de caminar con Cristo. Aun así, reconoce que continúa creciendo.
Esto nos recuerda que la madurez espiritual no consiste en dejar de depender de Dios, consiste en depender cada vez más de Él.
La identidad restaurada tampoco significa que dejemos de experimentar luchas, significa que esas luchas ya no definen quiénes somos.
Antes de conocer a Cristo, el pecado gobernaba nuestra vida, ahora el Espíritu Santo trabaja en nosotros para conformarnos cada vez más al carácter de Jesús.
Pablo explica este propósito con las siguientes palabras:
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”
Romanos 8:29 · RV60
Observemos nuevamente el objetivo de Dios, no es simplemente mejorar nuestro comportamiento, es conformarnos a la imagen de Cristo. En otras palabras, la restauración de nuestra identidad consiste en reflejar cada vez más el carácter de Aquel que nos salvó.
Por eso el creyente no mide su crecimiento espiritual preguntándose únicamente: "¿Todavía tengo luchas?" La pregunta más importante es otra: ¿Estoy permitiendo que Dios continúe transformando mi vida para parecerme cada vez más a Cristo?
Ese proceso no ocurre por nuestra propia capacidad, ocurre mientras permanecemos en comunión con Él, alimentándonos de Su Palabra, obedeciendo la dirección del Espíritu Santo y permitiendo que Dios moldee nuestro corazón día tras día.
La identidad restaurada no es una meta que alcanzamos por nuestro esfuerzo. Es una realidad que Dios nos concede en Cristo y que aprendemos a vivir cada día mientras caminamos con Él.
Por eso, cuando un creyente tropieza, no vuelve a definir su identidad por ese fracaso. Vuelve al Padre con arrepentimiento, recibe Su gracia y continúa avanzando, confiando en que Aquel que comenzó la buena obra también será fiel para terminarla.
Esa esperanza no produce pasividad, produce perseverancia.
Porque la certeza de que Dios sigue obrando en nosotros nos anima a seguir caminando, aun cuando todavía no hemos llegado a la meta. Y esa confianza prepara nuestro corazón para comprender una verdad aún más profunda.
La identidad restaurada no solo cambia la manera en que nos vemos a nosotros mismos, también transforma la manera en que vivimos cada día.
Reflexión
A lo largo de este estudio hemos descubierto una de las verdades más esperanzadoras del evangelio: el pecado distorsionó nuestra identidad, pero no tuvo la última palabra.
Dios no nos dejó definidos por nuestra culpa, nuestros fracasos ni por las decisiones que marcaron nuestro pasado. En Cristo abrió el camino para reconciliarnos consigo mismo y comenzar la restauración de aquello que el pecado había dañado. Esta restauración no consiste simplemente en cambiar algunos hábitos o intentar ser mejores personas, comienza cuando nuestra relación con Dios es restaurada, continúa mientras aprendemos a vivir conforme a la identidad que Él nos ha dado y se perfeccionará el día en que estemos para siempre en Su presencia.
Quizá, al llegar hasta aquí, te has dado cuenta de que durante mucho tiempo has permitido que otras cosas definan quién eres. Tal vez has construido tu identidad sobre tus logros, sobre tus errores, sobre heridas que todavía no sanan, sobre la opinión de otras personas, o incluso sobre pecados que Dios ya estaba dispuesto a perdonar, pero que tú sigues usando para condenarte.
La Palabra de Dios nos recuerda que, cuando una persona está en Cristo, su identidad ya no depende de aquello que hizo, sino de Aquel a quien ahora pertenece. Eso no significa que el pecado deje de ser serio, al contrario, comprender el precio que Cristo pagó por nosotros debería despertar un deseo cada vez mayor de vivir para Él.
No obedecemos para ganar el amor de Dios, obedecemos porque ya hemos sido alcanzados por ese amor. No buscamos parecernos a Cristo para que Él nos reciba, buscamos parecernos a Él porque ya nos recibió por gracia.
La pregunta es: ¿Estoy permitiendo que Cristo transforme la manera en que entiendo quién soy?
Tómate unos minutos para responder con sinceridad delante del Señor.
¿Qué ha definido mi identidad durante los últimos años?
¿Hay errores o heridas que todavía tienen más autoridad sobre mi vida que la Palabra de Dios?
¿Estoy viviendo desde la seguridad de lo que Cristo hizo por mí o desde el peso de aquello que yo hice en el pasado?
¿Hay áreas de mi vida donde todavía intento ganar el amor de Dios mediante mi desempeño, en lugar de descansar en Su gracia?
¿Estoy reflejando con mis decisiones la identidad que Dios dice que tengo en Cristo?
La restauración de nuestra identidad no termina el día que creemos en Cristo, ese día comienza. Y mientras caminamos con Él, el Espíritu Santo continúa formando en nosotros el carácter de Jesús, para que cada vez sea más evidente que ya no pertenecemos al reino del pecado, sino al Reino de Dios.
“y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”
Efesios 4:24 · RV60
Medita en esto
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17 · RV60
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.”
1 Juan 3:1 · RV60
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”
Romanos 8:29 · RV60
Cuando tu identidad es puesta a prueba
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.”
Efesios 6:11 · RV60Cuando tu identidad es puesta a prueba
Permaneciendo firmes cuando otras voces intentan definir quiénes somos
Introducción
En los estudios anteriores hemos recorrido el fundamento de nuestra identidad. Descubrimos que Dios nos creó con un propósito, que el pecado distorsionó profundamente esa identidad y que Cristo vino a restaurarla por medio de Su obra redentora. Sin embargo, comprender quiénes somos en Cristo no significa que la lucha haya terminado, al contrario, a partir del momento en que una persona comienza a caminar con Dios, descubrirá que existen muchas voces que intentarán convencerla de que siga viviendo conforme a la identidad que tenía antes de conocer a Cristo.
Algunas de esas voces provienen del mundo que nos rodea. Otras nacen de nuestras propias heridas, experiencias o recuerdos. Y otras forman parte de la batalla espiritual que la Biblia describe claramente. Aunque sus orígenes sean distintos, todas buscan lo mismo. Que olvidemos quiénes somos delante de Dios.
No es casualidad que la primera estrategia de la serpiente en el huerto del Edén no fuera atacar directamente a Adán y Eva, primero sembró dudas acerca de la Palabra de Dios. Cuando la verdad fue puesta en duda, la identidad también comenzó a distorsionarse. Esa estrategia continúa siendo la misma.
Cada día escuchamos mensajes que intentan decirnos quiénes somos, cuánto valemos y dónde debemos encontrar nuestra seguridad, por eso, proteger nuestra identidad no consiste en aprender a pensar positivamente acerca de nosotros mismos. Consiste en permanecer firmes en la verdad que Dios ya ha declarado sobre nosotros.
La identidad siempre será puesta a prueba por aquello que decidimos creer
Antes de que el pecado entrara en el mundo, Dios ya había revelado al ser humano quién era y cuál era su propósito.
Adán y Eva no tuvieron que descubrir su identidad por sí mismos, la recibieron de su Creador. Sabían quiénes eran porque conocían a Aquel que los había creado, sin embargo, cuando la serpiente apareció en el huerto, no comenzó atacando directamente su comportamiento. Comenzó sembrando dudas acerca de la verdad que Dios había declarado.
“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”
Génesis 3:1 · RV60
A simple vista, la pregunta parece inofensiva, pero escondía una estrategia mucho más profunda. Satanás no estaba interesado únicamente en que Eva desobedeciera, quería que dejara de confiar en el carácter de Dios, porque cuando una persona comienza a dudar de quién es Dios, tarde o temprano también comenzará a dudar de quién es ella misma.
La mentira siempre intenta reemplazar la verdad.
Por eso, después de cuestionar las palabras de Dios, la serpiente hizo una afirmación completamente contraria a lo que el Señor había dicho.
“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis;”
Génesis 3:4 · RV60
En ese momento aparecieron dos voces:
La voz de Dios.
Y la voz de la mentira.
El problema no consistía únicamente en decidir cuál de las dos era correcta, la decisión determinaría también la manera en que el ser humano entendería su identidad.
Lo mismo continúa ocurriendo hoy. Vivimos rodeados de mensajes que intentan definir nuestro valor, nuestro propósito y nuestra identidad, algunos afirman que somos aquello que sentimos, otros dicen que somos el resultado de nuestros logros. Hay quienes creen que nuestro pasado determina nuestro future, incluso existen voces que intentan convencernos de que Dios no es realmente bueno, que Su Palabra ya no es suficiente o que Sus mandamientos limitan nuestra libertad.
Aunque esos mensajes parezcan diferentes entre sí, todos tienen un mismo punto de partida: invitan al ser humano a construir su identidad al margen de la verdad revelada por Dios.
Por esa razón, proteger nuestra identidad no comienza aprendiendo a responder mejor a las circunstancias, comienza aprendiendo a reconocer qué voz estamos creyendo.
Jesús expresó esta verdad de una manera contundente.
“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Juan 8:31-32 · RV60
Observemos que la libertad no comienza con nuestros sentimientos, comienza con la verdad, y esa verdad no es una idea abstracta Es la Palabra de Dios.
Mientras más permanece el creyente en la verdad que Dios ha revelado, más firme permanece también su identidad.
Por el contrario, cada vez que permitimos que una mentira ocupe el lugar de la verdad, comenzamos a mirar nuestra vida desde una perspectiva equivocada.
Por eso la primera batalla de la identidad siempre ocurre en aquello que decidimos creer.
Antes de afectar nuestras decisiones, la mentira intenta afectar nuestra manera de Pensar, y antes de transformar nuestra conducta, la verdad transforma nuestra comprensión de quién es Dios y de quiénes somos delante de Él.
Esta realidad explica por qué el apóstol Pablo exhorta a los creyentes diciendo:
“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.”
Colosenses 2:8 · RV60
La advertencia sigue siendo vigente, no todo aquello que el mundo presenta como verdad proviene de Dios. Por eso, todo creyente necesita aprender a examinar aquello que escucha, aquello que cree y aquello sobre lo cual está construyendo su identidad.
La pregunta no es únicamente: ¿Qué estoy escuchando?
La pregunta más importante es: ¿Qué voz estoy permitiendo que tenga autoridad para definir quién soy?
Las voces que intentan redefinir nuestra identidad
A lo largo de nuestra vida escucharemos muchas voces, algunas provienen de personas que forman parte de nuestro entorno, otras nacen de experiencias que marcaron profundamente nuestro corazón. Algunas son promovidas por la cultura en la que vivimos y otras forman parte de la batalla espiritual que la Biblia describe. Aunque tengan diferentes orígenes, todas pueden influir en la manera en que entendemos quiénes somos.
Por esa razón, no basta con escuchar una voz. Debemos aprender a discernir si esa voz está de acuerdo con la verdad de Dios.
La primera voz que muchas personas escuchan es la de su pasado. Hay creyentes que, aun después de haber recibido el perdón de Dios, continúan definiéndose por errores que Cristo ya perdonó. Cada vez que piensan en sí mismos recuerdan aquello que hicieron antes de conocer al Señor. Sin darse cuenta, permiten que su pasado tenga más autoridad que la gracia de Dios.
Sin embargo, la Escritura nos recuerda:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17 · RV60
Nuestro pasado forma parte de nuestra historia, pero ya no determina nuestra identidad.
Otra voz muy frecuente es la de la comparación. Vivimos en una época donde constantemente observamos la vida de otras personas.
Comparamos nuestros logros, nuestras capacidades, nuestra apariencia, nuestras familias e incluso nuestro crecimiento espiritual. Cuando permitimos que la comparación gobierne nuestro corazón, comenzamos a medir nuestro valor utilizando criterios que Dios nunca estableció.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos.”
2 Corintios 10:12 · RV60
Nuestra identidad nunca fue diseñada para construirse comparándonos con otros, fue diseñada para descansar en Cristo.
También existe la voz de la culpa. Cuando pecamos, el Espíritu Santo produce convicción para llevarnos al arrepentimiento y restaurar nuestra comunión con Dios. La culpa, en cambio, intenta convencernos de que nuestro pecado es más grande que la gracia de Dios, nos hace creer que ya no somos dignos de acercarnos al Padre.
Pero la Palabra nos recuerda:
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”
1 Juan 2:1 · RV60
La culpa nos empuja a escondernos. La gracia nos llama a volver.
Otra voz poderosa es la aprobación de las personas. Todos necesitamos relaciones sanas, sin embargo, cuando nuestra identidad depende de la aceptación de otros, terminamos viviendo para satisfacer expectativas humanas en lugar de agradar a Dios.
Jesús preguntó en cierta ocasión:
“¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?”
Juan 5:44 · RV60
Cuando la aprobación de las personas ocupa el lugar que solo Dios debe tener, nuestra identidad se vuelve inestable porque la opinión humana cambia constantemente. La verdad de Dios permanece para siempre.
Finalmente, la Biblia nos recuerda que también existe una batalla espiritual.
Pedro escribe:
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar;”
1 Pedro 5:8 · RV60
El propósito del enemigo nunca ha cambiado. Desde el huerto del Edén ha intentado sembrar dudas acerca de la verdad de Dios. No siempre lo hace mediante ataques evidentes, muchas veces utiliza pequeñas mentiras que parecen inofensivas.
"Has fallado demasiadas veces."
"Dios ya no puede usarte."
"Nunca vas a cambiar."
"No eres suficiente."
Cuando esas ideas permanecen en nuestra mente sin ser confrontadas por la Palabra, comienzan a moldear la manera en que entendemos nuestra identidad. Por eso el creyente necesita aprender a reconocer una verdad fundamental:
No toda voz merece ser escuchada.
Y no toda idea merece ser creída.
La única voz que tiene autoridad para definir quiénes somos es la voz del Dios que nos creó, nos redimió y nos llamó Sus hijos.
Mientras más profundamente conozcamos Su Palabra, más fácilmente podremos reconocer aquellas voces que intentan alejarnos de la verdad. Porque una identidad firmemente arraigada en Cristo no depende de las circunstancias, de las emociones ni de la opinión de los demás.
Permanece firme porque descansa sobre la verdad inmutable de Dios.
Dios no nos dejó indefensos
Dios nunca prometió que el creyente viviría sin oposición pero sí prometió que no tendría que enfrentar esa oposición con sus propias fuerzas.
Desde el momento en que recibimos una nueva identidad en Cristo, Dios también comenzó a proveernos todo lo necesario para permanecer firmes en ella.
Por esa razón, el apóstol Pablo escribe:
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.”
Efesios 6:10 · RV60
Observemos cuidadosamente dónde comienza esta exhortación. Pablo no dice: "Fortalézcanse en ustedes mismos." Tampoco dice: "Confíen en su propia capacidad para resistir." Nuestra seguridad nunca ha estado en nuestras fuerzas, nuestra seguridad descansa en el Señor. Esto cambia completamente la manera de enfrentar la batalla por la identidad.
Muchas veces pensamos que permanecer firmes depende únicamente de nuestra disciplina espiritual o de nuestra fuerza de voluntad. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra mirada hacia Dios.
Es Él quien sostiene a Sus hijos.
Es Él quien fortalece nuestra fe.
Es Él quien nos recuerda continuamente quiénes somos en Cristo.
Por esa razón, inmediatamente después Pablo añade:
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.”
Efesios 6:11 · RV60
Con frecuencia este pasaje se estudia describiendo cada una de las piezas de la armadura. Sin embargo, antes de explicar la armadura, Pablo menciona un objetivo muy específico. Permanecer firmes.
No dice que debemos vivir con miedo.
No dice que debemos obsesionarnos con el enemigo.
Dice que debemos permanecer firmes pero ¿firmes en qué?
Firmes en la verdad que Dios ya ha declarado.
Firmes en la obra que Cristo ya realizó.
Firmes en la identidad que hemos recibido por gracia.
Observemos la primera pieza de la armadura.
“Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia,”
Efesios 6:14 · RV60
No es casualidad que Pablo comience por la verdad. Toda mentira busca redefinir nuestra identidad. Por eso Dios nos llama a permanecer firmes en aquello que Él ya ha revelado.
Cuando el mundo dice: "Tu valor depende de lo que logras", la verdad responde: fuiste creado a imagen de Dios.
Cuando la culpa dice: "Nunca podrás cambiar", la verdad responde: si alguno está en Cristo, nueva criatura es.
Cuando el enemigo susurra: "Dios ya no puede usarte", la verdad recuerda que nada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús.
La batalla por la identidad no se gana inventando nuevas ideas acerca de nosotros mismos, se fortalece recordando una y otra vez lo que Dios ya ha dicho.
Por eso Jesús respondió cada una de las tentaciones en el desierto con las palabras:
«Escrito está...»
Mateo 4:4, 7 y 10
El Señor no respondió basándose en Sus emociones ni en las circunstancias del momento, respondió permaneciendo en la verdad de la Palabra de Dios. Ese mismo principio continúa siendo suficiente para nosotros. Cada vez que una voz contradiga lo que Dios ha declarado, debemos preguntarnos:
¿Qué dice realmente la Palabra acerca de esta situación?
Porque la identidad del creyente no puede sostenerse sobre opiniones cambiantes, debe descansar sobre la verdad eterna de Dios.
Cuanto más profundamente conocemos las Escrituras, más fácilmente reconocemos las mentiras que intentan alejarnos de nuestra identidad en Cristo. Y cuanto más permanecemos en esa verdad, más firme permanece también nuestro corazón, aun cuando las circunstancias intenten decir lo contrario.
¿Cómo reconocer desde dónde estoy viviendo?
Después de conocer las diferentes voces que intentan influir en nuestra identidad, es necesario hacernos una pregunta sincera: ¿Qué está gobernando realmente mi manera de vivir?
La respuesta no siempre se encuentra en lo que decimos creer, muchas veces se revela en la forma en que reaccionamos ante las circunstancias de la vida. Cuando cometemos un error, ¿pensamos que Dios ya no puede amarnos? Cuando fracasamos, ¿concluimos que no tenemos valor? Cuando alguien nos rechaza, ¿sentimos que toda nuestra identidad se derrumba? Cuando recibimos reconocimiento, ¿permitimos que nuestro orgullo ocupe el lugar que solo Dios merece? Todas esas respuestas revelan qué voz estamos creyendo.
Jesús enseñó que aquello que gobierna nuestro corazón terminará manifestándose en nuestra vida.
“¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
Mateo 12:34 · RV60
Nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras decisiones suelen reflejar aquello que hemos permitido que eche raíces en nuestro interior. Por esa razón, proteger nuestra identidad requiere un ejercicio constante de examinarnos a la luz de la Palabra.
David comprendía esta necesidad y oró diciendo:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;<br> Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad,<br> Y guíame en el camino eterno.”
Salmos 139:23-24 · RV60
Esta oración revela una actitud de humildad. David no confiaba únicamente en su propia percepción, sabía que el corazón humano puede engañarse con facilidad, por eso pidió a Dios que examinara aquello que él mismo quizá no alcanzaba a ver. El creyente también necesita cultivar esa disposición, no para vivir bajo condenación, sino para permitir que el Señor revele cualquier mentira que haya comenzado a ocupar el lugar de la verdad.
Cuando Dios expone esas áreas de nuestro corazón, no lo hace para avergonzarnos, lo hace para restaurarnos.
El Espíritu Santo siempre utiliza la verdad para conducirnos nuevamente a Cristo.
Jesús mismo prometió:
“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.”
Juan 16:13 · RV60
Observemos cómo Jesús llama al Espíritu Santo: El Espíritu de verdad. No es casualidad.
Si la batalla por nuestra identidad comienza cuando creemos una mentira, la restauración continua cuando el Espíritu Santo nos guía nuevamente a la verdad de Dios.
Por eso, proteger nuestra identidad no consiste en repetir continuamente frases positivas acerca de nosotros mismos. Consiste en permitir que la Palabra de Dios examine nuestro corazón y que el Espíritu Santo transforme nuestra manera de pensar cada vez que descubre una mentira que hemos llegado a creer.
Este proceso requiere humildad, obediencia y una relación constante con Dios, no ocurre en un solo día. Es el caminar diario de todo discípulo de Cristo. Y cuanto más aprendemos a escuchar la voz del Buen Pastor, más fácilmente reconocemos aquellas voces que intentan alejarnos de Él.
Jesús declaró:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,”
Juan 10:27 · RV60
La seguridad del creyente no consiste en que nunca escuchará otras voces, consiste en que ha aprendido a reconocer la voz de Aquel que dio Su vida por él. Cuando conocemos al Pastor, las demás voces comienzan a perder autoridad. Y cuando la voz de Cristo ocupa el primer lugar en nuestro corazón, nuestra identidad permanece firme aun en medio de las pruebas, las dudas y las circunstancias más difíciles.
Porque ya no vivimos definidos por aquello que el mundo dice acerca de nosotros. Vivimos definidos por la verdad eterna de Aquel que nos creó, nos redimió y nos llamó por nuestro nombre.
Reflexión
A lo largo de esta serie hemos descubierto que nuestra identidad no nació de nuestras decisiones, de nuestras capacidades ni de la opinión de otras personas. Dios nos creó con una identidad. El pecado la distorsionó. Cristo vino a restaurarla.
Sin embargo, conocer estas verdades no garantiza que viviremos conforme a ellas. Cada día decidimos qué voz tendrá la mayor autoridad sobre nuestra vida.
Vivimos en un mundo que constantemente intenta decirnos quiénes somos. Algunas personas encuentran su identidad en el éxito. Otras la buscan en la aprobación de quienes las rodean. Algunas viven esclavizadas por los errores de su pasado. Otras permiten que el miedo, el rechazo o las heridas definan la manera en que se ven a sí mismas. Incluso como creyentes podemos caer en el error de escuchar durante más tiempo nuestras emociones que la voz de Dios. Cuando eso ocurre, comenzamos a olvidar quiénes somos en Cristo.
Por esa razón, proteger nuestra identidad no consiste únicamente en defendernos de las mentiras. Consiste en cultivar una relación tan cercana con Dios que Su voz llegue a ser más familiar que cualquier otra.
La pregunta no es si escucharás otras voces porque las escucharás. La pregunta es cuál de ellas decidirás creer.
Cada decisión, cada pensamiento y cada reacción revela, de alguna manera, sobre qué fundamento estamos construyendo nuestra identidad.
Por eso vale la pena detenernos y preguntarnos con honestidad delante del Señor:
¿Qué voz tiene hoy más influencia sobre mi manera de verme a mí mismo?
¿Estoy creyendo algo acerca de mí que contradice lo que Dios dice en Su Palabra?
¿Hay heridas, fracasos o temores que siguen teniendo más autoridad que la verdad de Cristo?
¿Busco mi seguridad en la aprobación de las personas o en la aceptación que ya he recibido por medio de Jesús?
Cuando enfrento dificultades, ¿recuerdo quién soy en Cristo o permito que las circunstancias definan mi identidad?
Dios nunca nos prometió una vida libre de oposición, pero sí prometió permanecer con nosotros. Nos dio Su Palabra para guiarnos. Nos dio Su Espíritu para enseñarnos. Y nos dio a Cristo, quien permanece siendo el fundamento firme de nuestra identidad.
Mientras más profundamente conozcamos al Señor, menos espacio tendrán las mentiras para gobernar nuestro corazón.
Proteger nuestra identidad no significa vivir con temor a ser atacados. Significa permanecer tan cerca de Cristo que ninguna otra voz tenga autoridad para alejarnos de la verdad que Él ya ha declarado sobre nosotros.
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.”
Isaías 26:3 · RV60
Medita en esto
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,”
Juan 10:27 · RV60
“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.”
Colosenses 2:8 · RV60
“Examinadlo todo; retened lo bueno.”
1 Tesalonicenses 5:21 · RV60
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